Como podrán ver en la bibliografía este es un trabajo de recopilación de muchos estudios realizados durante los últimos 25 años de una de las tragedias más grande de la sociedad venezolana. Esta es parte de la "cultura de la pobreza" en la cual le he dedicado personalmente varios escritos. Les recomiendo que tengan paciencia y sean participes en la erradicación de la delincuencia de nuestro país.
Y salimos a matar gente Alexander Campos Centro de Investigaciones Populares
1) Presentación 2) De Qué Violencia Hablamos 3) Cómo Hemos Investigado 4) Nuestros Sujetos 5) Cómo es un Malandro 6) Lenguaje centrado en el yo 7) Yo nunca le hice caso a nadie 8) Presente continuo delincuencial 9) El Destino 10) Los otros para mi provecho 11) Vivir al margen de la familia 12) Gastar, regalar, dilapidar 13) ¿Trabajar yo? 14) ¿Cómo se forma un delincuente violento? 15) ¿Se puede salir de esto? Bibliografía
Este artículo forma parte de una investigación más extensa, mucho más complicada, y que consiste en la exposición de una amplia investigación sobre el delincuente violento de origen popular, esto es, sobre malandros. Esta investigación ha sido publicada en un libro completo, en dos volúmenes, lo ha editado la Universidad del Zulia con el título de "Y salimos a matar gente". A él pueden recurrir los lectores interesados en obras de ese tipo. Como la gran mayoría de nuestra población no está en condiciones o disposición de abocarse a una lectura larga y compleja y, sin embargo, estará interesada en conocer de un tema que a todos hoy preocupa, hemos seleccionado de esa obra lo que nos parece más significativo y que al mismo tiempo da una visión completa, aunque selectiva, de nuestro trabajo.
A su vez, esta investigación forma parte de un proyecto más ambicioso y completo que el Centro de Investigaciones Populares (CIP) viene desarrollando desde hace veinticinco años: el conocimiento comprensivo del mundo-de-vida popular venezolano. En este esfuerzo hemos abordado en primer lugar el estudio de la familia popular venezolana y, en ella, el sistema de significados que dinamizan y explican la manera de vivir y de vivirse la mujer y el hombre venezolanos en su cotidianidad.
Son ya numerosas las publicaciones que el CIP ha lanzado al público en general, las cuales han contribuido no sólo a difundir los resultados de su trabajo sino también y sobre todo a replantear sobre bases nuevas y bien sustentadas, más allá de los tópicos tradicionales y siempre repetidos, la comprensión de nuestra idiosincrasia popular. Una vez desarrollados con amplitud y consistencia estos conocimientos y puestas así las bases para interpretar comprensivamente nuestra realidad humana, nos abocamos a incursionar en algunos aspectos más particulares y específicos de la misma. En varias tesis de maestría y doctorado dirigidas por el personal del CIP se han enfocado temas como la educación, la orientación psicológica y educativa, el estudio de los valores, la religiosidad y otros muchos.
En este contexto, se destaca como fenómeno específico e inquietante, la violencia delincuencial en los sectores populares: ¿cómo puede ser comprendido a partir de las bases ya puestas por nosotros en los trabajos mencionados el delincuente violento popular?
En primer lugar, ¿qué entendemos por violencia delincuencial? La Organización Mundial de la Salud ha definido la violencia en general como "el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o una comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones". En el Informe Mundial sobre Violencia y Salud, la misma OMS (2000) divide la violencia en tres "categorías generales, según las características de los que cometen el acto de violencia:
– la violencia autoinfligida; – la violencia interpersonal; – la violencia colectiva".
Nuestro trabajo se centra en lo que la OMS entiende como violencia interpersonal. "La violencia interpersonal se divide en dos subcategorías: – Violencia familiar o de pareja: esto es, la violencia que se produce sobre todo entre los miembros de la familia o de la pareja, y que por lo general aunque no siempre, sucede en el hogar. – Violencia comunitaria: es la que se produce entre personas que no guardan parentesco y que pueden conocerse o no, y sucede por lo general fuera del hogar" (id).
De estas dos subdivisiones nos hemos centrado en la segunda o lo que la misma OMS llama violencia comunitaria. Dicha subdivisión "abarca la violencia juvenil, los actos fortuitos de violencia, la violación o ataque sexual por parte de extraños y la violencia en establecimientos". (id) Más adelante, el mismo informe distingue los actos de violencia por su naturaleza en físicos, sexuales y psíquicos. Nuestro estudio se centra específicamente en la violencia no fortuita, intencionada por tanto, física, hasta el extremo de producir la muerte, y no justificada –en defensa propia, por ejemplo– y por ende, delictiva.
La hemos denominado violencia delincuencial. De dicha violencia, el foco de nuestro estudio está en el sujeto activo de la misma, o sea, en el delincuente violento entendido como una persona que "ejerce violencia", esto es, que la practica o la pone en práctica y en particular el delincuente violento popular, el que proviene de ambientes populares venezolanos.
La violencia delincuencial en Venezuela ha sido objeto de numerosas investigaciones e intercambios de ideas entre los científicos sociales, los políticos, los religiosos y la población en general justamente preocupada por su aumento, difusión y peligrosidad. El tema de estudios y reflexiones ha girado sobre todo en torno a los aspectos cuantitativos y estadísticos del fenómeno y a las explicaciones de tipo psicológico, sociológico, antropológico, criminalístico y también multidisciplinario a partir de teorías asumidas como válidas pero generalmente elaboradas en otras latitudes y no sobre las bases de estudios en torno al modo de ser y de vivir específicamente venezolanos.
Sin descalificar esos trabajos e investigaciones, nos ha parecido que un estudio hermenéutico (interpretativo-comprensivo) del fenómeno en sujetos populares venezolanos, más allá y distinto de los enfoques cuantitativos y descriptivos, era muy necesario pues sólo desde un conocimiento profundo del mismo se puede pensar en la posibilidad de elaborar políticas preventivas y correctivas ajustadas a nuestra realidad. Comprender el fenómeno a partir de la implicación de los investigadores en esa realidad, pues todos vivimos en barrios populares, componente esencial de nuestro método, delineará los rasgos fundamentales de esa violencia tal como es vivida en el mundo-de-vida popular venezolano. Ello constituye tanto un avance en el estado de nuestras investigaciones, iluminando un aspecto de la vida de nuestro pueblo hasta ahora en ellas no abordado, cuanto un aporte original al estudio del fenómeno en el país.
El estudio se ha realizado sobre la base de historias-de-vida de malandros concretos que lo han sido y lo siguen siendo o que lo han sido durante toda su vida pues uno ha muerto asesinado terminando ya este trabajo. No vamos a detenernos aquí a desarrollar toda una disertación sobre la historias-de-vida como método de investigación. Quien esté interesado puede encontrar una amplia exposición en la publicación completa ya indicada. Describiremos sólo lo que hemos hecho para que el lector se pueda orientar. Así pues, este lector, se va a encontrar con tres historias-de-vida: la de Alfredo, la de José y la de Héctor.
¿En qué consiste una historia-de-vida? Consiste, esencialmente y sin mucho detalle, en el encuentro entre dos personas, el investigador, al que nosotros llamamos cohistoriador, y otra persona, a la cual llamamos historiador, que esté dispuesta a contarle a la primera ante un grabador todo su vida desde cuando recuerde pero en forma totalmente libre de modo que puede empezar por donde le parezca, seguir el orden que se le ocurra y terminar cuando y en la forma que considere oportunos.
Completar toda la historia puede exigir varios encuentros o entrevistas y en distintos momentos. Todo se graba y luego se transcribe de la manera más exacta posible chequeando con el historiador, si se puede, dicha trascripción. Una vez elaborado el texto escrito –transcrito– de la historia, este se estudia en sus contenidos y significados. El estudio lo hacemos en grupo todos los investigadores implicados y, cuando se trata de personas normales, como es el caso de Pedro en "Buscando padre", se incluye en el grupo al historiador de la historia. Con los malandros esto no ha sido posible pues uno ya había muerto, otro estaba retenido y el otro desaparecía cuando menos lo esperábamos. Esto en referencia a los sujetos de este artículo, pero algo parecido nos sucedió con todos los demás de la obra completa.
Una historia-de-vida no comienza cuando se empieza a grabar su narración sino mucho antes, en lo que conocemos como su pre-historia, esto es, el tiempo en que se establece la relación del investigador-cohistoriador no sólo con el historiador sino también y en igualdad de importancia con el mundo-de-vida al que pertenece el historiador mismo. Este tiempo, que está caracterizado por la in-vivencia (el vivir integral dentro) del investigador en dicho mundo-de-vida en con-vivencia con el historiador y los convivientes de ese mundo, cumple dos funciones indispensables: la primera, que la historia se produzca, como narración, en una relación profunda de confianza entre ambos, y la segunda para que el investigador-cohistoriador conozca por vivencia las perspectivas, los valores y la manera de conocer la realidad que son propias del ambiente vivido por el historiador. Así, se ponen las condiciones para que un mundo-de-vida (sociedad, comunidad, cultura) pueda ser conocido realmente desde dentro y no desde teorías y posturas externas que muchas veces falsean, sin que el investigador se de cuenta, la manera de interpretar lo que la historia-de-vida aporta.
Puesto que nuestra investigación parte de la convivencia en el mismo ambiente de historiador y cohistoriador, a este tipo de investigación lo llamamos investigación convivida. Los investigadores vivimos todos en barrios o urbanizaciones populares de Caracas y Los Teques. En condiciones ideales, la pre-historia ha de tener una larga duración de convivencia entre historiador y cohistoriador. No significa ello que deben habitar en la misma casa pero sí que su relación personal de tú a tú sea frecuente y en el plano de la cotidianidad. Sin embargo, en casos como el tipo de trabajo en el que consiste esta investigación, eso no resulta siempre fácil y ni siquiera posible dadas las condiciones de reclusión de muchos de los historiadores o de trashumancia por el propio tipo de vida en otros.
Lo realmente indispensable es la pre-historia en cuanto invivencia y convivencia del investigador (cohistoriador) en y con el mundo-de-vida popular al que pertenecen los historiadores pues es eso lo que permite acceder a las claves de interpretación y a los significados fundamentales sobre los cuales discurre la vida de los sujetos en estudio. El acercamiento entre historiador y cohistoriador se ha logrado en unos casos, como el de Alfredo, mediante la convivencia en el mismo edificio popular por largos años e incluso el haber compartido actividades en la infancia y haber mantenido contactos de vecindad. El trabajo final de la investigación completa está realizado sobre quince historias-de-vida.
De las dieciocho que se iniciaron, cuatro no pudieron llevarse a término por dificultades presentadas por los sujetos pues, antes de poder terminarlas, se perdió el contacto con los historiadores. El número total de historias-de-vida de delincuentes violentos se fijó, por tanto, en catorce. Nos pareció pertinente, sin embargo, añadir a ese número, una historia que funge como contraste y con la cual se completa el número quince del proyecto original. Es la historia de Ismael. Esta historia contrasta con todas las demás en cuanto que, si nos centramos en los acontecimientos que la marcan desde la primera infancia, todo haría pensar en un futuro delincuencial para este sujeto. Sin embargo, el desarrollo real de su historia ha sido no sólo el de un ciudadano normal sino el de una persona entregada al servicio del prójimo.
Aunque una sola historia-de-vida es suficiente para conocer una sociedad, una comunidad, un grupo humano si comparte una misma cultura y un mismo mundo-de-vida, decidimos desde el principio trabajar con quince de ellas por motivos que no es el caso exponer aquí. Los hechos nos han confirmado, por una parte, que en una sola historia-de-vida están presentes los significados propios del delincuente violento en cuanto "tipo real". En efecto, si se toma como referencia central la historia-de-vida de Alfredo, se verá que las demás historias de su grupo no añaden nada significativo a lo ya en ella encontrado. Las diferencias están en la manera personal de vivir la estructura común en cada sujeto. Hemos subrayado las palabras "su grupo" porque, en efecto, hay diferencias fundamentales en dos tipos totalmente distintos de los que inicialmente calificamos como "delincuentes violentos": los delincuentes violentos propiamente dichos o estructurales y los delincuentes violentos no estructurales o accidentales.
Al primer grupo pertenecen doce historias; al segundo, sólo dos. El primer grupo puede dividirse, a su vez, en dos grupos los cuales comparten la misma estructura pero difieren de manera significativa en cuanto a la incidencia de la droga en su vida de delincuentes violentos: el grupo mayoritario que es aquel de quienes consumen droga pero no son drogadictos, esto es, la droga no determina su vida delincuencial, y el grupo de quienes son ante todo drogadictos y la droga determina su vida delincuencial.
Al primer subgrupo pertenecen diez historias y al segundo dos. En el primer grupo, el de los violentos estructurales, hemos encontrado también diferencias según el tiempo o, más bien, la época de modo que puede hablarse de nuevo de dos subgrupos bien diferenciados: el de los viejos y el de los nuevos. Todo esto se trata con detalle en el estudio de cada historia-de-vida. Si bien el estudio de cada historia-de-vida se hizo de manera continua, línea por línea, y global, en la presentación nos hemos atenido a destacar lo que se refiere propiamente al tema de la investigación, esto es, a la violencia delincuencial pues el estudio completo de cada historia ocuparía por sí solo todo un volumen como puede ver el lector que acontece con la "Historia-de-vida de Felicia Valera" y con la de Pedro en "Buscando Padre".
El foco de este estudio no se centra en lo general del mundo-de-vida popular sino en el plano de lo grupal entendiendo grupo como grupo-de-vida, esto es, de todos aquellos que viven una misma manera, que podríamos llamar profesional, de vivir y que en este caso es el grupo de los delincuentes violentos. Este es el plano de las formas-de-vida. Una forma-de-vida no se determina a priori. No está dicho que el ejercer una profesión constituya todo un sistema de significados que rija una manera particular de vivir dentro del propio mundo-de-vida, pues puede ser un trabajo pero no todo un modo de ejercer la vida. La forma-de-vida se identifica a posteriori, esto es, después que la investigación la delinea como estable, distinta de otras, orgánicamente estructurada y pauta rectora predominante del vivir.
Nosotros hemos seleccionado delincuentes violentos populares para investigar si se da en ellos un sistema de significados que pueda permitirnos comprender su vida y su violencia pero, de partida, sin suponer su pertenencia a una forma-de-vida determinada. Nuestro interés se centró en comprender al delincuente violento popular desde dentro, esto es, desde sus claves de comprensión. El estudio nos ha llevado a descubrirlo como inserto en una forma-de-vida y esto no estaba de por sí previsto. Enfocar el plano de lo grupal en el estudio no implica suponer, como se dijo, que todo grupo constituye una forma-de-vida. El estudio completo de las quince historias-de-vida de delincuentes violentos populares se nos ha mostrado mucho más rico de lo que pensábamos. En efecto, además de delinearnos la vida del delincuente como una verdadera y propia forma-de-vida con todo su sistema de significados organizados en torno a un centro unificador específico y de desvelarnos algunas diversidades importantes de grupos y subgrupos, como hemos ya señalado, nos ha abierto al conocimiento del mundo que rodea y en el que vive el delincuente violento: el de los distintos cuerpos policiales, el de la administración de justicia, el de las cárceles, el de los derechos humanos, el de la droga, el de la violencia sobre los niños en la familia.
Sobre todos estos campos las historias-de-vida nos aportan contenidos significativos Es importante tener presente que en la transcripción de las historias-de-vida, por razones éticas de confidencialidad, se han cambiado todos los nombres de personas y lugares fácilmente reconocibles; sólo se dejaron los mismos nombres para las ciudades o pueblos grandes; se cambiaron los de aldeas, haciendas, pequeñas poblaciones y barrios a través de los cuales pudieran ser identificadas las personas o acontecimientos delictivos en los que estuvieran implicados los sujetos.
No obstante lo completo que resulta todo este estudio, y que aquí sólo exponemos en parte, el tema, ateniéndonos sólo a las historias-de-vida recogidas y analizadas, no puede decirse agotado. Estos documentos dan todavía para mucho. Una historia-de-vida es inagotable en su riqueza de contenidos de modo que la investigación hermenéutica que sobre ella se hace puede siempre ser retomada, ampliada y profundizada. Nos hemos atenido, en nuestro caso, a lo que las historias nos han presentado como más relevante en referencia al delincuente violento popular conscientes de que la investigación sigue abierta no sólo para nosotros sino también para cualquier otro que quisiera trabajar sobre estos mismos textos y no sólo para estudiar el tema de la violencia delincuencial sino también muchos otros temas en ellas contenidos.
De las quince historias estudiadas, aquí presentamos los resultados de tres que vienen a ser como las que resumen lo aportado por todas las del grupo de los delincuentes violentos estructurales y que tipifican las tres etapas históricas en que dividimos la evolución de la delincuencia violenta desde los años cincuenta del siglo veinte hasta hoy. El "antiguo", el "medio" y el "nuevo". Presentamos brevemente los tres sujetos y sus historias.
Alfredo Rodríguez: La historia se elabora entre Alfredo como historiador (H) y William Rodríguez, investigador del CIP, conocido y compañero de él desde la infancia, como cohistoriador (CH). Se desarrolló en nueve sesiones cortas e interrumpidas por períodos variables entre una y otra. En efecto, a veces al sujeto no se lo lograba encontrar dada su movilidad, otras no había dormido en toda la noche y se frustraba la entrevista programada. Alguna vez, no estaba en condiciones de hablar coherentemente por efectos de la droga. Muchas eran las circunstancias que hacían difícil el trabajo, incluyendo su necesidad de esconderse por temor a alguna agresión, o la simple negativa sin justificación. La historia no se cierra por completo porque Alfredo es asesinado, de nueve puñaladas, antes de terminarla a la puerta de su casa en enero del 2005. Contaba treinta y ocho años de edad. De todos modos, lo fundamental de la historia ya está completado.
José Pérez: En el momento de elaborar su historia-de-vida José tiene sesenta y cinco años. Ante todo, de él tenemos tres textos: A, B y C. El texto C es, en realidad, el primero en el tiempo. Fue escrito por el mismo y obedece a su proyecto, desde tiempo acariciado, de llevar su vida a publicación, ya en forma de testimonio, ya en forma de novela, si encontraba alguien que se la pusiera en buen castellano y la llevara a la imprenta. Este interés facilitó el encuentro con el cohistoriador, Alejandro Moreno, a quien desde un principio entregó el texto en unos papeles escritos con buena letra y muy mala ortografía. El texto A es el segundo en el tiempo. El cohistoriador no quiso leer el texto C antes de elaborar con José la historia-de-vida verbalmente para que ésta fluyera por sí misma. Este texto es elaborado en cuatro sesiones de dos horas cada una y queda sin rematar, aunque lo principal ya está hecho, porque José elabora por su cuenta el texto B, entrega lo que tiene hecho, un cassette de una hora, y no regresa. El texto B es grabado por José individualmente, fuera de entrevista, teniendo siempre presente al cohistoriador como interlocutor imaginario, pues a él se refiere con frecuencia, durante una hora, como ya se dijo. En él completa detalles de lo narrado en el A sobre todo muchos asesinatos que no había narrado cara a cara con el cohistoriador. No narra en aislamiento, narra en relación.
Héctor Blanco Héctor es un joven que en el momento de narrar su historia-de-vida no ha cumplido aún los dieciocho años aunque está próximo a cumplirlos, razón por la cual se halla retenido en un centro del INAM y no en la cárcel. Dicho centro es el local en el que se produce su encuentro con la cohistoriadora Mirla Pérez, investigadora del CIP. En estas circunstancias es para él muy importante presentar una imagen de persona corregida de sus conductas anteriores y dispuesta a emprender una nueva vida adaptada a la sociedad. El encuentro con la investigadora, como las entrevistas con los psicólogos, los trabajadores sociales y los educadores, según él piensa, debe concluir con un informe que formará parte de la evaluación sobre la cual se tomarán decisiones para su futuro. La historia, por ende, está contada, en los primeros momentos, como para dar una impresión de aceptación de sus delitos, de sinceridad, pero también para despertar la comprensión y compasión de los supuestos evaluadores presentándose como víctima del desamor de su familia y de las malas influencias de los otros.
Los elementos que hemos encontrado y señalado en el análisis de las diversas historias forman una larga lista de la que hemos seleccionado aquellos que consideramos constitutivos de la forma-de-vida "violencia delincuencial". Los exponemos a continuación para luego desarrollar el contenido de algunos de ellos en temas más amplios en los cuales abarcamos todo el espectro de lo que podríamos considerar que son los resultados de nuestra investigación. Hemos de acotar aquí que no exponemos la base empírica en la cual nos basamos para los resultados, es decir, las historias de vida propiamente dichas porque la naturaleza de un artículo de revista así nos lo exige. De todas maneras, remitimos al lector al libro editado por la Universidad del Zulia que da cuenta de la investigación en su totalidad y donde publicamos en forma entera todas las historias de vida.
- vivirse como violentos delincuentes, no sólo comportarse como tales, - no asumir ninguna responsabilidad por los propios actos, - afirmar su yo sobre y contra todos los límites, - lenguaje centrado en el yo, - vida centrada en el yo personal, - los problemas vividos siempre como del yo, nunca como de los demás, - búsqueda del dominio y el protagonismo siempre y en todo, - incapacidad para ponerse en el lugar del otro, - creerse y ponerse a sí mismo siempre por encima de los otros, - toda su historia-de-vida como una historia de violencia que los va formando desde los primeros años, - proceso de personalización regido por la violencia, - violencia primero padecida, luego ejercida, - el poder por encima de todo, como valor supremo, - extralimitación y extremosidad en todo, - no aceptar nada que ellos puedan interpretar como sometimiento, - vivir dentro de un mundo de violencia que se va entretejiendo a su alrededor, los envuelve y los arrastra, - imposibilidad concreta de salir de la violencia, - incapacidad de formar pareja, - ser protagonistas solos, aislados, de su propia vida, - no poder aprovechar las oportunidades de recuperación, - narrar los hechos de su vida como hazañas, aventuras grandes e importantes, - regodearse en la narración de masacres, de hechos muy sangrientos y crueles, - un presente continuo delincuencial es su tiempo; no estar en el tiempo de la vida sino en el tiempo de la delincuencia, - la relación convivial como instrumento manipulativo para fines personales, - la manipulación como mecanismo predominante de relación, - carencia de experiencia de plenitud de madre tal como es significada en la cultura del mundo-de-vida popular, - vivencia y práctica de familia como instrumento, no como trama de vinculaciones, - presencia débil de padre en relación muy conflictiva, - vivencia permanente de riesgo mortal asumida como natural y expresada en la frase: "jugar a estar vivo".
Todos estos componentes , además de apoyarse, especificarse y delimitarse los unos a los otros, están integrados en unidad de sentido por lo que podemos caracterizar como: centralidad autorreferente del yo subjetivo expansivo y sin límites como proyecto vital. De esta vivencia y practicación del yo reciben su sentido todos los elementos señalados y a su luz han de ser comprendidos, analizados y conceptualizados. Dichos componentes constituidos en unidad orgánica en torno a y dinamizados por el factor central, practicación básica y proyecto vital "yo autorreferente expansivo ilimitado", constituyen la forma-de-vida violencia delincuencial.
En la interpretación de la historia-de-vida de Alfredo hemos dicho: "La historia de Alfredo es una historia de delincuencia y de violencia. La violencia lo acompaña desde pequeño y se le va introduciendo en la estructura de su persona de modo que llega a constituir parte esencial de su vida, a convertirse para él en una manera 'normal' de vivir. En este sentido, la violencia y el delito en general lo van formando, lo van produciendo, lo van creando como persona concreta. Este proceso de personalización por la violencia lo encontramos de una u otra manera en la gran mayoría de los sujetos estudiados". En este sentido, la delincuencia violenta, en cuanto forma-de-vida, viene a ser toda una estructura de persona en la que los sujetos se van introduciendo y que se va convirtiendo en su manera específica de estar en el mundo.
Narran sus acciones dando a entender que ellos poseen algo que los pone por encima de los demás. Esto se expresa en todos mediante el destacado protagonismo personal con que narran su historia. No narran propiamente hechos de su vida; narran hazañas, grandes aventuras, heroicidades, hechos grandiosos ya sea en cuanto a la viveza en la forma de cometer el asesinato o el delito, en cuanto a la habilidad por encima de todos, en cuanto a la valentía o a la resistencia para soportar la agresión de la policía, la tortura, o en cuanto a la capacidad demostrada de tener sometida a una comunidad, a una banda, a un grupo.
Cada uno destaca su protagonismo según sus peculiaridades personales y según el momento y la acción. Así, Alfredo lo expresará de manera exhibicionista, glamorosa, derrochando el dinero producto de sus fechorías y exhibiendo su importancia según su propia personalidad histriónica: "robá, vestirse bien, tené mujeres y sé el papa como queriendo tenelas todas, aunque dominaba todo… ya tenía cadena; ya era el papa de Sabana Grande". José, en cambio, obtendrá su importancia con la "seriedad", las formas discretas, las acciones calladas, planificadas y pensadas, lo cual será su orgullo. Entre uno y otro extremo toda una gama de mecanismos de autoafirmación.
Este estar centrados en su propio yo, un yo autorreferente y protagonista primero de toda clase de hazañas y aventuras, no es lo propio del hombre popular venezolano a quien le cuesta decir "yo" por lo menos en manera acentuada. De hecho, en las muchas historias-de-vida populares que hasta el presente hemos trabajado, a la primera intervención del cohistoriador invitando al historiador a narrar su vida, éste inmediatamente pasa a centrar la narración en una persona distinta de él mismo. Así, Pedro no se ubica cuando se le pregunta sobre su vida personal y se descentra en seguida para narrarla en la trama de su familia; Felicia arranca de una vez en la trama familiar, en sus ausencias y presencias; Elizabeth, sujeto de otra historia actualmente en estudio, a la propuesta del investigador, "cuéntame tu historia", responde: "bueno, somos hijos de…", esto es, no se detiene en el yo sino que se desplaza inmediatamente al nosotros.
Estos sujetos delincuentes se centran desde el principio en sí mismos y nunca se descentran. Estar centrados en sí mismos es, al mismo tiempo, estar centrados en gozar sin límites la vida, gozar los momentos y la vida por encima de todo, gozar en el instante lo inmediato, sin planificación de ningún tipo, sin estructura, sin ninguna responsabilidad. En cierto modo, el venezolano popular vive también el presente y lo inmediato, centrándose en el vivir pero dentro de los límites que impone el afecto, la convivialidad, la relación personal. El delincuente, en cambio, no acepta ningún límite ni lo piensa siquiera. Es vivir el momento al máximo. Lo encontramos a lo largo de toda la vida: cuando se presenta la ocasión, se entregan al goce orgiástico de la droga, el alcohol, el sexo, la violencia de sangre, el ejercicio del poder, en un ámbito de irresponsabilidad absoluta, sin control de ninguna especie. Eliminación de restricciones hasta donde es posible. Y sin prever las consecuencias o pensar en ellas.
Todo esto está relacionado con una constante en todos ellos desde la infancia: la rebelión a la autoridad practicada de muchas maneras, unas muy abiertas contra la autoridad familiar y escolar, otras más encubiertas al aprovechar toda posibilidad de eludirla. Si en la infancia es una forma conflictiva de relacionarse con ella, en la adolescencia ya es claramente el rechazo y el ubicarse completamente al margen, proceso que se completa en la adultez con la inmersión plena en la violencia delincuencial. Sin embargo, la autoridad estará siempre presente en sus vidas como instancia exclusivamente represiva tanto fuera como dentro de la cárcel. La experiencia primera de la que provienen es una en que la autoridad propiamente dicha –capacidad de guía firme y afectuosa al mismo tiempo– ha sido sustituida por el poder y el poder en cuanto arbitrariedad real –capricho materno o paterno o de ambos; exigencia impositiva por reacción emocional y no por cálculo racional– o percibida así por ellos en los primeros años. José no se queja del trato que le da su tío pero "vivía esclavizao".
Pasan luego a un mundo, el de la calle y el del grupo de delincuentes, en el que no hay autoridad sino puro poder. El poder ahí, como ejercicio de la imposición de voluntad, se va convirtiendo en deseo primero y acceso a la práctica después: ejercicio abusivo, violento, que da capacidad para superar todo control y límite -el control y el límite son los otros- destruyéndolo y acabando con él y que tiene como consecuencia la capacidad concreta de sobrevivir sobre la base de la dominación y destrucción, del pillaje, la rapiña, el asesinato, etc. En su vida posterior la autoridad desaparece. No respetarán nunca más a nadie. Tendrán que someterse al poder cuando no tengan más remedio, pero respeto nunca lo sentirán ni podrán sentirlo. Ni los agentes de policía, ni los jueces, ni los guardias de ningún tipo, ni la familia, ni los mismos delincuentes más fuertes, serán nunca autoridad; sólo, cuando y mientras no hay escape, poder al que se tienen que someter. En los más jóvenes esto se exacerba hasta el paroxismo. Héctor no sólo se rebela expresa y violentamente sino que la rebeldía viene a ser parte estructural de su manera de estar en el mundo
Su tiempo no supone un acto diferido sino un acto siempre en un presente continuado. "Decidí matarle antes de que él me fuera a matar". Aunque entre la "decisión", que no es decisión racional sino reacción sin procesamiento, y la ejecución del crimen pase un tiempo, ese tiempo no hay que computarlo como duración sino como presente continuo de la acción que ya está en marcha. El tiempo vivido predominantemente como el presente, poco percibido como duración, característica común de los sectores populares venezolanos, es llevado hasta el extremo en los delincuentes violentos. Casi podríamos decir que no es el tiempo como presente sino como instante. El caso de Héctor es, de nuevo, paradigmático: en este instante le dan una cachetada y en este instante mata. La duración temporal para procesar, para programar la venganza, para planificar, desaparece. La acción es automática. Si hay procesamiento, éste es instantáneo. Tiempo de computadora. Tiempo instantáneo pero no estático. Al contrario, un instante se desliza a otro instante con gran aceleración. Su vida es una vida enormemente acelerada, como si previeran que va a ser corta. En casi todos -la excepción puede ser José, quizás porque pertenece a otra época- es como si hubiera la percepción latente de que pronto van a morir y lo quieren vivir todo en un momento.
Así, cada experiencia se vive como nueva, como otra, sin relación con la anterior ni con la futura. En este sentido el tiempo es una sucesión de presentes, una corriente continua de presentes, no una duración. De aquí proviene una gran dificultad para concebir la vida como proyecto y, por tanto, para rectificar con alguna garantía de continuidad. Su vida, sin embargo, es de hecho la ejecución de un proyecto, pero un proyecto inscrito en su historia desde el principio y desarrollado -se diría desenvuelto-, no en su conciencia ni en su capacidad de decidir propiamente. Por lo mismo, no se unen las experiencias en una totalidad orgánica y con sentido, en una gestalt sobre la cual se pueda hacer verdadero insight.
Viven, pues, la inmediatez, la adecuación a las necesidades inmediatas, tanto de la sobrevivencia como del deseo o del impulso. La razón, por ende, está cautiva del ya, de la fugacidad. La razón, para razonar propiamente, para desarrollar alguna conceptualización lógica de la realidad, necesita duración. Por estas razones, además, no nos podemos fiar de las edades, fechas, períodos de tiempo, etc., que aparecen en las narraciones. Como decimos en la historia-de-vida de Alfredo: "los tiempos, las edades, las fechas son, de hecho, imprecisas, confusas y a veces completamente falsas. Toda la periodización de la vida es confusa". Esto es válido para todos ellos con la excepción, no siempre, de José porque cierta precisión es característica particular de su personalidad.
En este ámbito de absoluta arbitrariedad egocentrada en el que discurre su vida, el delincuente de nuestro estudio, en aparente paradoja, se siente juguete del destino, de una fuerza anónima y externa que lo domina y rige su existencia, lo que, a su vez, le sirve de excusa y alibi para sus crímenes, en cuanto elimina o por lo menos reduce su culpabilidad ante los demás. El destino libra de toda responsabilidad. No ante sí mismos, pues a ellos el crimen no les produce ningún sentimiento de culpa sino que es, más bien, una hazaña. La aparente total libertad de acción en cuanto escapa a todo control y todo límite, conforma una línea de vida, una forma-de-vida, muy rígida y de la que el sujeto no puede salir, a la que se siente atado indisolublemente. La libertad como esclavitud. Esto es lo que perciben ellos como destino ante el que por otra parte no se sienten angustiados ni sometidos sino sobre el que se ilusionan que cabalgan. Se insertan sin rechazo en esa determinación, la asumen y la protagonizan, nadando plenamente a merced de la corriente y así, convierten en heroico, en hazaña, lo que sería determinación. De esta manera se perciben libres, actores sin restricciones, dueños totales de su vida. Metidos en el destino y dueños de él. El destino no es, pues, un tormento, como en la tragedia griega, sino un gozo. En el seno del destino hay que "jugar a vivo", esto es, meterse de lleno en el juego, en las reglas de la vida y así jugársela al destino, porque el destino pone "pruebas" que le pide al sujeto superar. La pruebas son las cárceles, las detenciones, etc. No son castigos por un mal hecho, por una transgresión a la moral, ni consecuencias de su imprudencia, de su inconsiderado atrevimiento, de su imprevisión y falta de cálculo, sino "pruebas" del destino. Muchas veces son "pruebas" producidas por la brujería, por las "culebras" que "echan un mal", algo que de todos modos el destino permite o provoca y sobre lo que el mismo destino puede que prevea la superación si se sabe jugar bien "a vivo".
Nada de su conducta puede ser atribuida por ellos a lo que sería el "libre albedrío", la libertad como producto de la síntesis entre razón y voluntad. La libertad es entendida como absoluta espontaneidad, absoluta "gana" ejercida y, por tanto, en ese sentido, "destinada". La gana ejercida y destinada es lo que entienden cuando hablan de decisión, cuando expresan que deciden. A pesar de la superficial apariencia, esto no tiene ninguna relación seria con lo que sería el fatalismo tantas veces atribuido a la postura existencial del pueblo venezolano, aunque sí con el lenguaje y el discurso del fatalismo. Al pueblo venezolano siempre se le ha atribuido una actitud fatalista ante la vida. En realidad, esa actitud se le atribuye a todos los pueblos desde las propias sociedades de pertenencia por parte de las élites. Eso ya debería ponernos en sospecha.
Las historias-de-vida de sujetos populares normales por nosotros estudiados no muestran en absoluto ningún fatalismo fáctico aunque pueden encontrarse en ellas algunas expresiones de lenguaje que suponen la idea. Con esto se quiere decir que un determinado tipo de fatalismo se encuentra ciertamente en algunas expresiones populares, pero no lo encontramos en las prácticas de vida. Ni Felicia ni Pedro pueden considerarse fatalistas. No hay en ellos ninguna resignación a ningún futuro fatal. Al contrario, toman las riendas de su vida y la practican como dependiente de la propia actividad no sin reconocer, por supuesto, la acción de fuerzas que están por encima de ella: la naturaleza, las posibilidades objetivas de trabajo, la voluntad de los otros, etc. Lo que encontramos es propiamente realismo y aceptación de límites.
Si vemos en las expresiones fatalistas populares el reconocimiento de los límites que la realidad global y la infinidad de imprevisibles imponen a la propia capacidad de dirigir la vida y no la inexorable acción de fuerzas superiores totalmente arbitrarias y dominantes que no dejan resquicio a la decisión personal, entenderemos la aparente contradicción entre esas expresiones y las prácticas reales de los sujetos concretos.
Hemos dicho que la relación convivial pone límites a la laxitud ante la norma en la vida de las personas normales pero no en la de los delincuentes. ¿Cómo es practicada, entonces, la relación convivial entre los delincuentes violentos? Tanto el venezolano popular común como el delincuente violento, establecen relaciones desde su estructura relacional como seres humanos convivientes en el mundo-de-vida popular venezolano y las convierten en relaciones al modo familiar en todo momento. Ahora bien, el venezolano normal expresa su vivir y vivirse relación practicándola por la relación misma, sin ninguna finalidad, en principio, que la sobrepase. La relación vivida es la manera indiscutida de vivir el mundo. En ella acontece la persona y ella acontece en la persona la cual en todo la practica y la celebra.
Ahora bien, el delincuente violento de origen popular no puede situarse fuera de la relación; él también existe como relacional. La diferencia aquí no está en la extralimitación sino en la fundamental distorsión: la relación en la que se está y que se entabla, es apropiada por el delincuente y vuelta sobre sí mismo, esto es, desde la vivencia relacional, el sujeto refiere a sí, no a los otros, la trama relacional y la utiliza para el logro de los propios intereses. El todo está en sacarle el máximo provecho personal a la relación, no en vivirla como inmersión en la trama. Se integra a la trama para ponerla a su servicio. Como conoce por práctica vivida desde dentro las claves de la relación, la puede manipular siempre en autorreferencia, para la afirmación de sí, para el protagonismo del yo. Así, él tiene las riendas de la relación. De esta manera combina el protagonismo solitario autorreferido y la relación. En consecuencia, está siempre en relación pero manteniéndose independiente de ella y de cualquier otra realidad. Normalmente estos sujetos están en grupo o acompañados de alguien pero ellos tienen las riendas de los acontecimientos y así los narran, como los sujetos agentes, poderosos, de los sucesos.
En las historias-de-vida de los venezolanos normales, la narración diríamos que es coral, de todos los personajes que en ella intervienen que suelen ser muchos. Aunque es la historia de un sujeto, éste la narra como historia de una trama relacional en la que el historiador entra como parte de la trama y no como protagonista dominante y hasta sin el protagonismo de ningún actor sino con actores que se intercambian, se entrelazan, de modo que el verdadero protagonista viene a ser la relación misma. En esto la narración típica de nuestros delincuentes marca una ruptura radical. Narran su historia como absolutos protagonistas. No como individuos solitarios, pero sí como únicos protagonistas de una historia que siempre es, al fin y al cabo, grupal.
Esto es válido incluso para el caso de Alfredo quien, según la forma popular venezolana de narrar, pone a hablar directamente a todos los personajes de su historia, desarrollando ésta a la manera de un teatro, de una representación en escena, de modo que los personajes están llenos de vida propia. Sin embargo, sobre todos ellos se destaca Alfredo como "director de escena", como protagonista central destacado. De esta manera, la relación se transforma en poder. Siempre nos encontramos con el poder. Viven la relación pero no pueden sino convertirla en poder y, por lo mismo, fuente de manipulación utilitaria referida al yo del protagonista. Así, de relación convivial, pasa a ser opresiva, violenta e incluso sádica, fuente de placer por la dominación que ejerce. Es el goce de la relación que vincula a los otros con el poderoso en un vínculo de sometimiento, temor, "respeto". A esto se llega cuando las circunstancias lo exigen o lo favorecen. Ordinariamente, la manipulación y el ejercicio de poder "relacional" se practica en las formas de la familiaridad típicamente popular venezolana a servicio de la manipulación y sólo en casos extremos como dominio contundente, violento, asesino.
La relación en la trama matricentrada nos conecta inmediatamente con la familia. ¿Qué decir sobre la familia de estos sujetos? Ante todo, en referencia a ellos, sólo podemos hablar de su familia de origen, de su madre, padre, hermanos y demás porque nunca forman familia aunque tienen hijos y pasan algún tiempo con alguna mujer. En ellos la familia está como significado del mundo-de-vida popular venezolano, pero no como significado de la forma-de-vida delincuencial. Con esto se quiere decir que en todos ellos la familia aparece con las características generales de la cultura pero no como profundamente significativa en la historia-de-vida concreta de cada sujeto.
Lo que comentamos para José, es válido para todos: "La familia, cercana y lejana, aparece como un telón de fondo, como una referencia. El está en la familia pero no parece pertenecer propiamente a ella. No cuenta la historia de la familia, como hacen en general los venezolanos populares que no separan su historia y la de la familia, y la familia no cuenta en su historia". En esto la diferencia con el venezolano popular normal es abismal. Está de fondo, como significado de la cultura, pero no está en cada uno como significativa para el sujeto como persona. La viven tangencialmente, como un episodio que aparece alguna vez dentro de un gran mundo que no está nutrido necesariamente por ella.
La familia no es el ámbito en el cual se concibe la vida. Está en el lenguaje, por cultura, y de hecho Alfredo, por ejemplo, llama a un preso papá y a un niño recogido hijo, pero no en la práctica de vida. La vida discurre al margen de ella. Nada de lo que se hace se hace por la familia, ni para la familia, ni en visión de la familia, mientras en el venezolano popular todo es hecho en función familiar. Se da una completa separación entre el significado familia del mundo-de-vida y el sentido que tiene en ellos. La familia, así, no aparece, como en el venezolano común, a lo largo de toda la vida, sino por períodos o episodios, muy transitoriamente. Pueden hacer vida con los amigos, con una u otra mujer, con los compinches, con los encuentros ocasionales, con los compañeros de cárcel. Cuando la hacen con la familia, en el mejor de los casos, la hacen de la misma manera. Después de la adolescencia, prácticamente desaparece de sus vidas. De hecho, ellos, al narrar, no nacen en una familia, nacen en algún lugar.
Todo venezolano normal, al narrar su historia parte de la familia en que nació; el lugar, el pueblo, la ciudad, incluso el país, son secundarios o simplemente no aparecen. Estos, en cambio, no ponen su familia en primer término. El caso más extremo es el de Héctor quien nos dice casi textualmente: "desde muy pequeño yo no tengo familia". Los demás lo que nos trasmiten como percepción personal es que la familia les da la espalda, los abandona, no los atiende, no los visita cuando están en la cárcel, no los toma en cuenta aunque, en algunos casos, esto vaya acompañado de protestas verbales de lo contrario desmentidas a lo largo de la narración de los acontecimientos de la vida en los que eso no aparece. El dato que presentan puede ser otro, pero el verdadero significado es : carencia de familia en el ámbito de lo que ella significa dentro del mundo-de-vida popular venezolano. En plenitud, a la manera de nuestro mundo-de-vida popular, no aparece la familia de ninguno. Cuando aparece como hecho, aparece con significación muy débil.
Al revés, por tanto, de lo que sucede en el mundo-de-vida popular venezolano que es organizar la vida en el horizonte experiencial, vivencial, afectivo de la familia, éstos la organizan en el horizonte del mundo de la delincuencia y de la violencia. La vida es vivida a la manera del ámbito no familiar. Desde la práctica de estos sujetos hacia su familia, no encontramos sino intentos de utilización. La reclaman sólo cuando están en la mala y la reclaman para utilizarla como recurso a su favor. Así, pues, no han sido nunca ni son personas-de-familia. Sus familias son populares y, por tanto, claramente matricentradas aunque haya un padre presente de manera más o menos continuada. Lo característico es que la vinculación con la madre es muy débil, confusa, anafectiva, distante, episódica e incluso violenta y agresiva, desde los primeros años, por lo menos tal como lo narran; siempre justificando la conducta materna porque el venezolano no puede, por exigencia cultural, culpar a la madre. No encontramos narraciones de actos agresivos de ellos hacia la madre y sí, y muy graves a veces, hacia el padre.
El significado del padre es también muy débil cuando no es completamente dañino, aunque en algún caso esté idealizado porque murió temprano. Esto no significa nada particular pues es lo característico del padre popular venezolano en general. En los casos en que la madre no está, ya sea por muerte, ya sea por abandono, y está el padre, éste nunca logra suplir, en el mejor de los casos, la función de la madre. La madre no puede ser sustituida sino por otra madre y si ésta no existe o no funciona como tal, tenemos que hablar de carencia de madre.
Lo importante es que varios de ellos carecen de madre teniéndola, esto es, estando presente en la casa constante o intermitentemente. En todos los casos, de una u otra manera, la madre falla por ausencia, por alejamiento, por abandono, por violencia, por alcahuetear al hijo. No se tiene madre, no sólo por carencia física sino, sobre todo, por carencia diríamos moral, porque no es representable y vivenciable como madre, siempre según el modelo de la cultura, sea porque no ama, porque rechaza, o porque es prostituta, alcohólica, drogadicta, etc. Hemos señalado en el comentario a la historia de Alfredo en relación a su madre: "ningún rasgo materno propiamente dicho: nada cálido, afectivo, cercano hay en ella por lo menos en la percepción que nos presenta.
Alfredo en los días que preceden a su muerte ni siquiera sabe dónde está su mamá". Podemos decir, por otra parte, que, cuando el padre no significa nada o significa poco, tiene poca influencia en la vida; pero, cuando significa algo, en los casos estudiados, ha sido muy negativa su significación. El caso de Juan Antonio -sujeto aquí no reseñado-- es ejemplar: un padre delincuente y muy violento internalizado. Lo mismo, en referencia al padrastro, para Alfredo, pues es el que le introduce en la droga. Otros son muy agresivos o, como el padre de José, duros con el hijo obligándole a trabajos muy fuertes y sometiéndolo a disciplina estricta. Si la familia no es un espacio de paz, un ámbito de entendimiento en el que se viven los primeros años de la vida, la persona estará marcada por aprendizajes práxicos de relaciones humanas conflictivas.
Si además, se vive en una comunidad donde la violencia está presente en el discurrir cotidiano de la interacción social, si, por tanto, la misma violencia de la calle está en la casa, el niño que todo eso experimenta, se inclinará fácilmente a desarrollar en su vida esa misma línea de conducta. Cuando se combinan la violencia de la casa y la violencia del barrio en la experiencia vivencial de un niño, muy probablemente tendremos luego un malandro. En síntesis, podríamos decir que se da una relación de dos factores decisivos: ausencia de madre en cuanto no suficientemente significativa y presencia, cuando la hay, de un padre o padrastro dañino.
Este descuido de las cosas, lo podemos encontrar también con relación al cuerpo. Hay un cuido enorme con respecto a la limpieza del cuerpo, a la ropa que se lleva, es decir, a la imagen del cuerpo, pero un gran descuido en cuanto a la exposición a riesgos. En esto el delincuente va más allá de todo límite. Lo primero que motiva el acto delincuente, en todos, es siempre "vestirse bien", frase en la que es el "bien" y no el "vestirse" el centro del significado. No se delinque por hambre, por pobreza, por necesidades básicas; se delinque por la buena apariencia o presencia, por la afirmación física del yo, símbolo inmediato del yo integral. Su relación con el propio cuerpo en cuanto objeto y es de apego, defensa y arraigo pero también de riesgo. En cuanto a los riesgos, también llegan al extremo. No prevén, no se protegen cuando están metidos en la dinámica de la acción. La acción por sí misma centra todo el foco de atención y lo demás pasa a ser descuidado. Además, correr el riesgo, exponerse a lo más peligroso, es una prueba y exhibición de valor, de ser capaz de enfrentarse a lo que otros no se arriesgarían nunca. Tanto es así, que constantemente dan la impresión de estar retando a la muerte. Se diría que pasan el tiempo entre la vida y la muerte, siempre optando por la vida pero arriesgándola y triunfando sobre el riesgo.
En esta relación del delincuente con los objetos encaja su relación con los bienes adquiridos por el delito y en particular con el dinero. ¿Qué hace el malandro con lo que roba? A primera vista, pareciera que el ladrón venezolano roba para adquirir bienes que no posee y así poseerlos. Robar mucho, conseguir mucho, sin embargo, en nuestros sujetos no está en función de la posesión sino en función del reconocimiento, del adquirir importancia, protagonismo, afirmación del yo. En este marco hay que ubicar el sentido del dinero adquirido por el delito. Tener mucho dinero, poderlo distribuir a manos llenas entre los "panas" y compinches, gastarlo en el disfrute orgiástico de todo lo disfrutable a plenitud y en el momento, situándose él mismo como protagonista y centro de donación, administración, celebración, etc., es su fundamental razón, motivación y significado.
De este modo, los bienes adquiridos por el robo, lo mismo que los adquiridos por cualquier otro medio lícito o no, como vienen se van. Se adquieren para gastarlos, para disfrutarlos de la manera más dispendiosa posible. En el fondo, este sentido de la posesión de bienes y de dinero, es el mismo en el delincuente que en el hombre popular venezolano normal con la significativa diferencia de que en éste el sentido está centrado en la relación y no en la expansión del yo. En el delincuente, además, esto va más allá de todo límite hasta el punto de convertirse en centro de la actividad de toda una vida. Esto último no pertenece a los significados del mundo-de-vida popular venezolano. El venezolano común, no tiene para nada el sentido del dinero como capital, esto es, como reproductivo y productor de más y mayores bienes. El dinero, por tanto, no está para ser acumulado, invertido y reproducido, sino para ser gastado en la cotidianidad de la vida y en el goce de la misma hasta donde da de sí.
En este sentido, pero sólo en este sentido, es verdad que el venezolano no quiere hacerse rico, en cuanto ser rico implica una permanencia en y aumento de la posesión de bienes, lo cual no supone que no quiera ganar dinero o bienes y no quiera por tanto aumento de sueldo, de ingresos en general, etc. Interpretarlo así, es completamente erróneo. En realidad, no es que no quiera ser rico, propiamente hablando, es que no tiene para él sentido la acumulación y la permanencia en posesión, actitud que tiene como consecuencia no llegar nunca a rico. Los bienes son para establecer relaciones, mantenerlas, celebrarlas, gozar la convivencia. La vida por encima del capital, del trabajo, de la ganancia. Esto forma parte intrínseca de la cultura popular y está en todos: en el normal, en el malandro, en el loco, en el político, en el empresario, en el obrero… En el delincuente esto es llevado al extremo de modo que conseguir y dilapidar se suceden en el tiempo-momento, tiempo-ya, tiempo-instante-presente.
Dado que esta dilapidación adquiere su principal significado en el reconocimiento y la afirmación del yo que produce, para el sujeto regido por tal significado, el delincuente, la consecución de bienes se le hace imperativa. Ninguno de estos delincuentes se enriquece nunca. El cine, las novelas y la literatura especializada sobre mafias y bandas muy organizadas, nos muestran a los delincuentes de otros países con mucha frecuencia enriqueciéndose, invirtiendo en bienes duraderos e incluso en bienes productivos, en capital. Estos, no es que no tengan sentido del valor del dinero; lo consideran muy importante pero para darles importancia a ellos. "Gasté dinero bastante, a montón, lo regalaba, hice desastres", nos dice Alfredo. No roba para enriquecerse ni para asegurarse una vida legal futura. En este sentido, jamás podrá reformarse y, si lo hace, tendrá que empezar de cero.
El dinero lo adquieren, pues, mediante el delito, pero ¿no lo adquieren también por otros medios, por el trabajo, por ejemplo? Es interesante para comprender la forma-de-vida "violencia delincuencial", analizar la relación de nuestros sujetos con el trabajo. Lo primero que se nos presenta en todos es que desde pequeños rehuyen el trabajo. Caso ejemplar es el de José. De origen rural, empieza a trabajar, según dice, desde muy pequeño y en el trabajo sólo ve la fatiga, el esfuerzo, la sujeción y el insuficiente rendimiento para adquirir los bienes a los que él aspira. Ese es el significado que para él tiene. Por todo eso, lo abandona y se integra a los grupos de delincuentes. Los otros, en realidad, de pequeños no trabajan propiamente aunque a veces hacen tareas de poca monta, como lavar carros y cosas así. Después de la adolescencia, algunos trabajan en algo transitoriamente, en momentos en los que necesitan hacerlo para sobrevivir, especialmente cuando tienen que huir de la policía. Es el caso de Alfredo en el corto período que pasa con unos familiares en Trujillo.
José demuestra tener habilidades para trabajar bien en algunos campos, especialmente en la barbería, que se puede decir que es su profesión además de la de ladrón. Alfredo en la cárcel, por un tiempo, hace artesanías. José hace de barbero no sólo en los períodos de libertad sino también en la cárcel. Sin embargo, no viven nunca del trabajo. No son propiamente trabajadores; son delincuentes y del delito viven y mueren. Con el trabajo ganan dinero; con el delito adquieren dinero. Hay una gran diferencia entre lo uno y lo otro. Prefieren adquirir dinero a ganarlo. En los períodos en que trabajan, el mismo trabajo les sirve para el delito, como tapadera o encubrimiento, como instrumento, como ambiente para el delito -el robo, la droga- o como actividad que se simultanea con el delito. En esto es ejemplar José. Trabaja, en los momentos más normales, drogado o borracho, engaña al jefe, hace fraude a los clientes y se gloría de lo bien que defrauda. En la cárcel el trabajo le sirve para merodear por los pabellones, distribuir droga, cobrar vacunas y demás. La mayor parte del tiempo el trabajo no se distingue del delito.
Todo esto nos lleva a una conclusión importante: no delinquen porque no sepan ganarse la vida trabajando, porque no tengan una profesión o no la puedan adquirir o ésta no les dé para vivir. Demuestran capacidad y habilidad para ejercer una profesión e inteligencia normal o incluso algo superior a la media por lo menos. Experimentan que el trabajo les proporciona lo necesario para desenvolverse en la vida. Esto no los saca de la forma-de-vida de violencia delincuencial. Con el robo y el tráfico de drogas ganan más y emplearse en ello es más interesante, más aventurero y da más importancia. El trabajo, pues, en estas historias-de-vida es significado como malo, negativo, algo que no sirve para satisfacer los deseos. Puede decirse que este es un significado bastante común en la mayoría de la gente y, sin embargo, no todos se hacen delincuentes. Es, también aquí, el rechazo extremo, más allá de toda razón y límite, lo que hace la diferencia.
Esto nos dice que el trabajo no redime al delincuente. Ni el darles trabajo ni el capacitarlos para el trabajo. No delinquen por falta de trabajo ni por impreparación. Sólo los dos sujetos que nunca estuvieron de lleno metidos en esa forma-de-vida y pudieron salir de ella, se sienten tentados a volver por la falta de trabajo pero no reinciden de hecho, como se deduce del análisis de sus historias-de-vida. Esto no quita que en situaciones de mucha miseria, cuando es muy fuerte la desocupación, se dé un caldo de cultivo para que quienes por otros factores ya están a las puertas del delito, entren de lleno en él, pero esa no es la causa propiamente dicha. Con el trabajo no se consigue el dinero fácilmente y en la cantidad que es necesaria para realizar los deseos ilimitadamente. En algún momento se decide tener dinero de manera fácil, rápida y abundante. Ninguna profesión ni ninguna capacitación para el trabajo sirve para eso. Como consecuencia, el trabajo no es una constante en su vida. Es un accidente más bien, una forma transitoria de ocuparse y sobrevivir.
El trabajo es malo y el jefe es odioso: significados que rigen lo que llamaríamos la relación laboral. La relación con el jefe, sea un familiar o no, es una variante de la relación con la autoridad ya tratada. Para todos el jefe es odioso y, sobre todo, si es el padre. Del padre se huye, a los otros se los engaña, se los "vacila", y en último caso, se los enfrenta. Después de todo, no interesa para nada permanecer en el trabajo. Sólo cuando, transitoriamente, se establece una relación personal de cierta amistad, nunca profunda, puede estabilizarse algo la relación.
Empiezan por tener desde la infancia una relación débil con las figuras centrales de la familia, especialmente la madre y, por ende, con el centro afectivo de la misma. Esto puede definirse como déficit de pertenencia. No se perciben como pertenecientes de lleno a su familia. Simultáneamente, a lo largo de toda su infancia, muestran una conducta desadaptada y conflictiva tanto dentro de la familia, como en el vecindario y en la escuela. "Porque yo me metía bastante en problemas. ¡Cuando era niño, cónchale! ... yo era vagabundo", dice Alfredo. Su mala conducta escolar es causa de su exclusión de los centros educativos en los que pasan cortos períodos. De todos los centros los expulsan, hasta que abandonan muy temprano los estudios. Alfredo a los once años no ha terminado segundo grado. "Me pusieron también en un colegio; me botaron a la semana, porque me disparé de un guapo ahí, le di dos palos. Me botaron", nos dice José. En el vecindario son percibidos como problemáticos: son autores de pequeños robos progresivamente más importantes, "martillean" a los convecinos, causan destrozos, etc.
Muy temprano se empiezan a desligar de la familia. Esto tiene distintas manifestaciones: unos pasan de la familia de origen a la familia de algún pariente, como la abuela, algún tío, de la que también se desligan pronto ya sea para regresar transitoriamente a la de origen ya sea para pasar a la calle; otros, en cambio, pasan de la familia a la calle directamente. El alejamiento de la familia es progresivo. Primero es de la familia a la calle dentro de la misma comunidad del barrio de modo que pasan unos días en la calle, regresan a la familia, vuelven a salir a la calle y así por un tiempo. Estar en la calle tiene sus pasos. Al principio es pasar en la calle la mayor parte del día, pero regresar a dormir en la familia; luego, es pasar noches también en la calle, durmiendo generalmente en algún vehículo dañado o abandonado, pero sin desligarse por completo de la casa. En esta etapa la calle predomina sobre la casa. El siguiente paso es ya durar largo tiempo fuera y lejos de la familia integrado a alguna pandilla de coetáneos en cuyas casas cohabitan un tiempo o circunstancialmente.
Finalmente, viene el desprendimiento total de la familia ya sea permaneciendo en la comunidad, ya sea abandonándola también para entrar de lleno en algún grupo de delincuentes integrándose a alguno establecido de antemano o agrupándose con otros compañeros que están en sus mismas condiciones y viven del robo. Desde este momento, ya están de lleno incorporados a la forma-de-vida delincuencial y está marcado el desenvolverse de su historia en ella. El primer homicidio marca un paso decisivo. Esta trayectoria es común a todos los delincuentes que, como hemos dicho, acaban conformados por la delincuencia violenta como estructura de su modo de vivir la vida y que no se interrumpe en ningún momento. Alfredo nos da el modelo. De él hemos dicho: "Si relacionamos este inicio de su historia-de-vida con todo el resto de la misma, llegamos a la conclusión de que no hubiera podido ser sino lo que fue y como fue. Aquí están ya los factores que van a decidir su vida, las condiciones de posibilidad de su historia vital".
Para el desarrollo de este punto tenemos que recurrir a dos historiadores que no son los protagonistas de este trabajo, pero que forman parte del trabajo más extenso y del que ya hemos hecho referencia. Son dos sujetos que se recuperan y logran salir y permanecer fuera en forma estable. El análisis de sus historias-de-vida nos procuran elementos con los cuales atisbar cierto camino de intervención. Ante todo, pasan la infancia protegidos dentro de la casa. En ella hay una madre que de alguna manera cumple como tal. Tienen mamá y casa; sentido de pertenencia. Han tenido la experiencia de pertenecer a una familia y a un hogar. No sólo tener familia sino pertenecer. Han vivido un vínculo fuerte, no sólo con la madre sino también con hermanos. Hablan de los hermanos en plan de hermanos, no en plan de compinches o copartícipes en fechorías.
Encontramos en ellos un sentido religioso, popular, pero con un concepto de Dios no como cómplice o complaciente sino como ayuda que no sustituye la responsabilidad de quien comete la acción. Una creencia en Dios que pudiéramos calificar de "adecuada" desde el punto de vista de la doctrina católica predominante en Venezuela. No es un Dios alcahuete, que transige con el delito, como encontramos en otros, ni un Dios mago, al que atribuirle toda salvación material, sino un Dios que ayuda pero que exige la libertad, la responsabilidad, la decisión y el esfuerzo de quien confía en El. Se desvinculan de la casa y de la madre en la adolescencia, no desde antes como sucede en los otros, pero lo evalúan negativamente y con sentimiento de culpa. Lo expresan con los términos populares de quien se acusa: "no le hacía caso", "me desaté". La manera de expresar el distanciamiento en los otros sujetos está en términos de indiferencia, incluso de logro, o por lo menos no en términos de culpa y arrepentimiento aunque de palabra esto puede aparecer para producir impresión en quien escucha, como hemos señalado en cada historia. Se desvinculan de la familia y la madre, pero ellas permanecen como de fondo.
Hay una presencia de la madre aunque esté ausente, una presencia en experiencia vivida y seguridad de encuentro para cuando se quiera regresar a ella. Hay además en estas historias un padre que no es rechazante ni de influencia negativa, aunque siempre sea de significación secundaria con respecto a la madre, más o menos tangencial. En esto se trata de un padre típico de familia matricentrada. Sin embargo, el padre intenta ocupar un espacio de guía, responsabilidad, protección y disciplina en la vida del hijo, aunque esté separado de la familia y haya constituido otra e incluso viva distante. En la escuela se mantienen durante los primeros años, hasta la adolescencia. Terminan la primaria y hasta completan algunos cursos de secundaria. Abandonan los estudios cuando en la adolescencia se desvían hacia conductas delictivas. La educación tiene en ellos mucha importancia como significado. La recuerdan, la valoran e intentan reintegrarse al estudio, años después, o por lo menos lo consideran aunque decidan que ya no es el caso.
La educación temprana queda en ellos como un trasfondo de guía moral que resurge en el momento de la reflexión y la madurez. En los otros, en cambio, se tiene la impresión de que todo intento educativo llega tarde y resulta ineficaz. En algunos momentos de su vida hay intentos de influir sobre ellos con consejos, con castigos al principio, con la idea de enseñarles un oficio, con esfuerzos por someterlos a un trabajo, a una disciplina. Estos remedios llegan cuando ya la orientación a la forma-de-vida delincuencial está definida y no surten efecto. Todos, sin embargo, han tenido algún contacto con la escuela, con alguna institución educativa, con algún amigo de familia o con alguna influencia en el medio familiar de tipo regenerativo, pero lo importante es que nada de eso ha sido significativo para ellos. No ha significado. La delincuencia no los define; parece más bien un accidente, aunque sea continuado, en sus vidas. No se viven como delincuentes, como violentos, cosa que es evidente en todos los demás aunque no lo expresen en estos términos. Ellos no pertenecen a la delincuencia ni la delincuencia pertenece a sus vidas; pasan por ella como se pasa por malos sucesos en la vida, pero no se quedan. Por eso son recuperables. Donde hay familia, donde hay madre, y luego esposa, la inserción en la vida delictiva es pasajera aunque dure un tiempo. No forman parte del acto delincuencial; siempre lo describen como desde fuera, porque en realidad, ellos son como de fuera del delito, no de dentro.
La forma de su narración, dice su posición de fondo. Es una narración hecha desde fuera; se ubican siempre en una posición externa respecto al acto delictivo. Ellos no participan de esa forma-de-vida. Se meten en ella, se inmiscuyen, se introducen momentáneamente, un momento que puede durar un tiempo más o menos largo, pero, si lo estudiamos en el conjunto de toda su historia-de-vida, entran y salen, no son unos "pertenecientes" como los otros. Los otros sujetos delincuentes pertenecen. Toda la vida la narran como pertenecientes. No narran otros espacios, mientras éstos nos cuentan de las relaciones, del trabajo, de la familia. De todos modos, en ellos nunca el delito ha sido sólo por el egoísmo de tener las cosas de los ricos, como en la mayoría de nuestros casos, sino que ha obedecido también a otros objetivos: el grupo, la diversión, pero dentro de ciertos límites, la necesidad de defenderse, etc.
Algo importante que los distingue de los demás miembros del grupo en estudio, es que se echan la culpa de sus desviaciones a sí mismos. Los otros siempre encuentran un culpable. Asumen, pues, responsabilidad por sus actos. Por otra parte, su lenguaje es un lenguaje relacional y en esto se distinguen también de los otros quienes usan un lenguaje centrado en su yo. Aquí la expresión está centrada en la relación interpersonal como forma de vivir. Su historia es una relación presente que se narra. Se trata de sujetos impregnados del sentido del mundo-de-vida popular venezolano. Cuando esto se mantiene, la delincuencia es accidental en el sentido expuesto más arriba. No se cierran en la referencia a su yo al narrar lo que la cárcel les hace, por ejemplo, sino que ponen en primer plano a la familia, los sufrimientos de los demás, de los cercanos. Este descentramiento es muy significativo porque no lo encontramos en los otros delincuentes.
Tienen una manera distinta de ver a las víctimas de sus atracos. Para ellos las víctimas no son unos "güevones" cualesquiera, unos bichos, unos tal y cual, unos "chigüires", unos "venaos", como vemos en los demás delincuentes; son seres humanos iguales a ellos que tienen derecho a tener sus bienes y no debieran ser atracados. Son capaces de situarse en la posición del otro. Aunque está en ese mundo del delito y la violencia, no pertenecen a él, su "mente" no está anquilosada en la delincuencia, tienen espacios de libertad para ver la realidad desde otros puntos de vista, desde otros ángulos, incluso desde el ángulo de las víctimas como se ha dicho. La relación con la familia tiene para ellos un importancia especial: es con sus miembros con los que se identifican, a los que se sienten pertenecer. Este enganche con el mundo bueno exterior, que les permite vivir en el mundo malo de la cárcel como quien a ella no pertenece, es lo que les abre la posibilidad de regeneración y les libra de sumergirse de lleno en el mundo del delito. Este enganche les preserva una isla de salud en su interior.
No sólo empiezan a trabajar sino que aprenden a trabajar en serio y se sienten contentos de sí mismos por ello. La satisfacción en el trabajo es buena señal de que ése puede ser su proyecto de vida futura. A partir de esta experiencia satisfactoria, empieza el cambio en serio. El deseo de cambiar no es de palabra en su caso, no es un propósito en el aire como encontramos en los otros. Va seguido de cambios reales. Dan los pasos, toman las medidas. Apoyo central: la familia. Su familia, para ellos, tiene fuerza; es más fuerte que el ambiente. Esto es importante porque lo que vemos en casi todos los demás es que la familia es más débil, de hecho, en significado y en vivencia, que el ambiente de compinches, de "panas" que los rodean.
En ellos reviven los significados del mundo-de-vida popular que estuvieron opacados un tiempo y dominados por los de la forma-de-vida delincuencial. Nunca se presentan como protagonistas de hazañas ni de grupos ni de historias. En esto se distinguen plenamente de los demás sujetos de este estudio. Ni protagonistas ni centrados en sí mismos sino como incluidos en la corriente de la vida. El protagonismo y el centro están en la familia. Para los que se regeneran, en el momento en que llegan a una edad ya adulta, se presenta en sus vidas un factor clave que no aparece en las vidas de los otros: una mujer con la que establecen una determinada relación de pareja estable. En la vida de los otros, las mujeres no desempeñan ningún papel importante, no significan más allá de satisfacer unos deseos o necesidades y de ser madres de algún hijo con el que no tienen ninguna relación verdadera. No influyen para nada en sus vidas.
La vida de nuestros sujetos "regenerados" coincide en esto, según la experiencia de los que vivimos en barrio, con la trayectoria de nuestros convecinos malandros: los que han tenido una mujer en relación de pareja estable, que ha sido significativa afectivamente en su vida, han salido del delito y se han incorporado a la vida normal. En esto tiene que ver tanto el tipo de mujer como la capacidad de vinculación afectiva del sujeto. Tiene que ser una mujer que ellos hayan conocido fuera del mundo de la delincuencia, una mujer no vinculada a ese mundo de ninguna manera y no dispuesta a entrar en él cediendo a las presiones de ellos que al principio quieren ser acompañados en sus fechorías o en su consumo de droga.
En esta relación de pareja, pero no fuera de ella, tienen gran importancia los hijos. Mujer e hijos forman un punto de anclaje a la vida común que resulta completamente eficaz en cuanto los lleva a retirarse a vivir con la mujer y el hijo como centros fundamentales de significado. A través de ellos y con ellos suelen recuperar una relación positiva con la madre y su familia de origen. Aquí, el trabajo de la mujer para mantenerlos retirados y en la casa es sutil, de mucho aguante y de mucha solidez afectiva y, al estilo popular, con rasgos maternos.
Aron-Schnapper, Bobadilla, J.L. y otros (1995) "Medición de los Costos de la Violencia". Resultados del Taller Organizado por la OPS y el BID, 11-13 de diciembre. Briceño-León y otros. (1997) "La Emergente Cultura de la Violencia en Caracas". Revista de Economía y Ciencias Sociales. UCV. Caracas. Briceño-León, R. (comp.) (2001) Violencia, sociedad y justicia en América Latina. CLACSO, Buenos Aires. Del Olmo, Rosa (1994) "Aproximación al Diagnóstico de la seguridad ciudadana en Venezuela". En: El Desarrollo Humano en Venezuela. Monte Avila Editores Latinoamericana. Caracas. España, Luis Pedro. (1994) La Violencia en Venezuela. Monte Avila Latinoamericana- Universidad Católica Andrés Bello, Caracas. — (1995) "La explosión de la Violencia en Venezuela". Sic. Año LVI, Nº 554, Mayo. — (1995ª) "La Naturaleza de la Violencia Social". Sic. Año LVI, Nº 554, Mayo. Fernández, M., y otros "Violencia, delincuencia y salud en Venezuela. Tendencias". 1975-1994. (Mimeo). OPS (1996) Violencia en las Américas: la pandemia social del siglo XX. OPS. Washington. Pérez Perdomo, R. (1991) Seguridad personal, un asalto al tema. IESA. Caracas. Sanjuán, Ana María (1997) "La Criminalidad en Caracas: Percepciones, Realidades Objetivas y Políticas". Ponencia presentada en el Seminario de Criminalidad Urbana, organizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Estado de Río de Janeiro. Río de Janeiro. Brasil. 6 al 8 de mayo.
Excelente estudio, que elimina de raiz algunos de los paradigmas más trillados en torno a las causas de la delincuencia en nuestro país y lo que estos actos representan para sus protagonistas. En cuanto al método de investigación empleado (cualitativo), y como recién egresada de una Maestría en Investigación Educativa, considero que ha cumplido con todo el rigor metodológico que esta clase de investigaciones exige, por lo que los resultados obtenidos son tan confiables o más que los de al
ES BUENO SABER COMO EMPPIEZA LA DELICUENCIA EN NUESTRO PAIS PARA SABER QUE HACER Y PARA AYUDAR A LOS QUE ESTAN METIDOS EN ELLA
Excelente estudio, que elimina de raiz algunos de los paradigmas más trillados en torno a las causas de la delincuencia en nuestro país y lo que estos actos representan para sus protagonistas. En cuanto al método de investigación empleado (cualitativo), y como recién egresada de una Maestría en Investigación Educativa, considero que ha cumplido con todo el rigor metodológico que esta clase de investigaciones exige, por lo que los resultados obtenidos son tan confiables o más que los de al