La reforma
sanitaria ha provocado muchos lloriqueos y rasgado de vestiduras entre los
conservadores. Y no me refiero solamente a los más radicales. Hasta los
conservadores más serenos han estado lanzando advertencias atroces sobre que la
sanidad de Obama convertirá a EE UU en una democracia social de tipo europeo. Y
todo el mundo sabe que Europa ha perdido todo su dinamismo económico.
Sin
embargo, por extraño que parezca, lo que todo el mundo sabe no es verdad.
Europa tiene sus problemas económicos; ¿quién no? Pero la historia que oímos
constantemente (de una economía estancada en la que los impuestos elevados y
los beneficios sociales generosos han eliminado los incentivos, y detenido el
crecimiento y la innovación) se parece poco a los hechos, sorprendentemente
positivos. La lección de Europa es en realidad la opuesta a la que cuentan los conservadores:
Europa es un éxito económico, y ese éxito demuestra que la democracia social
funciona.
De hecho,
el éxito económico de Europa debería resultar evidente incluso sin
estadísticas. Para aquellos estadounidenses que han visitado París: ¿les parecía
pobre y atrasada? ¿Qué me dicen de Frankfurt
o Londres? Siempre deberían tener en cuenta que cuando se trata de qué creer
-las estadísticas económicas oficiales o lo que uno ve con sus mentirosos ojos-
son los ojos los que dicen la verdad.
En
cualquier caso, las estadísticas confirman lo que ven los ojos. Es cierto que
la economía de EE UU ha crecido más deprisa que la europea en la última
generación. Desde 1980 -cuando nuestra política giró bruscamente hacia la
derecha, mientras que la de Europa no lo hizo- el PIB real de EE UU ha crecido,
de media, un 3% al año. Mientras tanto, la UE de los 15 -el bloque de los 15
países que eran miembros de la Unión Europea antes de que ésta se ampliase para
incluir a una serie de antiguos países comunistas- sólo ha crecido un 2,2% al
año. ¡EE UU se impone!
O puede
que no. Todo lo que nos dice esto es que hemos tenido un crecimiento
demográfico más rápido. Desde 1980, el PIB real per cápita -que es el que
importa para determinar la calidad de vida- ha aumentado casi al mismo ritmo en
EE UU y en la UE de los 15: 1,95% al año en EE UU; 1,83% en Europa.
¿Y qué
pasa con la tecnología? A finales de los años noventa, era posible sostener que
la revolución de la tecnología de la información estaba pasando de largo a
Europa. Pero, desde entonces, Europa ha acelerado en muchos sentidos. La banda
ancha, en concreto, está casi igual de extendida en Europa que en Estados
Unidos, y es mucho más rápida y barata.
¿Y qué hay
del empleo? En esto se puede afirmar que a EE UU le va mejor: las tasas de paro
europeas suelen ser significativamente mayores que la estadounidense, y la
fracción de la población con trabajo, menor. Pero si la visión que tienen es la
de millones de adultos con la edad perfecta para trabajar sentados sin nada que
hacer, viviendo del paro, piensen otra vez. En 2008, el 80% de los adultos de
entre 25 y 54 años de la UE de los 15 tenían trabajo (y el 83% en Francia). Eso
es aproximadamente lo mismo que en EE UU. Los europeos tienen menos tendencia
que nosotros a trabajar cuando son jóvenes o mayores, pero ¿es eso algo
negativo?
Y además,
los europeos son bastantes productivos: trabajan menos horas, pero la
producción por hora en Francia y Alemania está cerca de la de EE UU.
La
cuestión no es que Europa sea una utopía. Como EE UU, está teniendo problemas
para lidiar con la actual crisis financiera. Como Estados Unidos, los grandes
países de Europa se enfrentan a graves problemas fiscales a largo plazo y, como
algunos estados concretos de Estados Unidos, algunos países europeos se
tambalean al borde de la crisis fiscal. (Sacramento es ahora la Atenas de
Estados Unidos, en el mal sentido). Pero desde una perspectiva general, la
economía europea funciona; crece; es tan dinámica, teniéndolo todo en cuenta,
como la nuestra.
Entonces,
¿por qué muchos expertos nos pintan un cuadro tan diferente? Porque, según el
dogma económico dominante en EE UU -y al decir esto me refiero a muchos
demócratas, así como a prácticamente todos los republicanos- la democracia
social de tipo europeo debería ser un completo desastre. Y la gente tiende a
ver lo que quiere ver.
Al fin y
al cabo, mientras que la información sobre la defunción económica de Europa se
exagera, no se hace lo mismo con la referida a sus impuestos elevados y
beneficios generosos. Los impuestos en los principales países europeos están
entre el 36 y el 44% del PIB, en comparación con el 28% en EE UU. La asistencia
sanitaria universal es, bueno, universal. El gasto social es inmensamente
superior al de EE UU. Así que, si hubiese algo de verdad en las suposiciones
económicas que predominan en los debates públicos estadounidenses -sobre todo,
la creencia de que la subida, incluso moderada, de impuestos a los ricos y las
prestaciones para los pobres eliminarían radicalmente los incentivos para
trabajar, invertir e innovar- Europa sería la economía estancada y decadente de
la leyenda. Pero no lo es.
Europa se
presenta a menudo como una historia con moraleja, una demostración de que si
uno trata de hacer la economía menos brutal, de ocuparse mejor de sus
conciudadanos cuando pasan por malos momentos, uno terminará destruyendo el
progreso económico. Pero lo que la experiencia europea realmente demuestra es
lo contrario: la justicia social y el progreso pueden ir de la mano.