Palabras
de Blas Bruni Celli en el acto de recibir el Premio Alma Mater 2009 el día
jueves 28 de mayo de 2009.
Profesor Carlos Eduardo
Gómez, Presidente de la Asociación de Egresados y Amigos de la UCV y demás
miembros de su Junta Directiva.
Autoridades académicas, Colegas profesores, estudiantes,
egresados de ésta y otras Universidades, amigos todos, Sras. Sres.
Desde la más remota antigüedad la luz ha simbolizado la vida, la
sabiduría, la justicia, el bien y la esperanza, en oposición a las sombras, las
tinieblas, las penumbras, la oscuridad que representan el mal y la ignorancia.
Como tal símbolo, la luz ha estado presente en los grandes poemas épicos, en las
cosmogonías, en los mitos, en las alegorías y las fábulas.
Platón en su grandiosa obra cosmogónica, el Timeo, cuando
explica la formación del Cosmos, nos dice que una vez terminada la tarea ‘Dios
encendió una lámpara, la que actualmente llamamos Sol, con la finalidad de que
todo el cielo se iluminara y los seres vivientes participaran del número en la
medida en que lo aprendían’.
Pero también es el mismo Platón en su diálogo República
quien por primera vez eleva a la categoría de especulación
filosófica, en su famosa alegoría de la caverna, la metáfora de la luz para
explicar el complejo trayecto que va de la ignorancia a la sabiduría, y que en
una apretada síntesis la resumimos así: hombres que moran en el fondo de una
caverna, atados de forma tal que sólo podían mirar hacia el fondo, ven pasar las
sombras que se proyectan desde la entrada. Siempre han vivido allí, y por tanto
sus realidades son las sombras. Cuando uno de ellos se libera y sale fuera, y a
la luz del día ve las personas y los objetos reales cae en cuenta de que ha
vivido siempre en la mentira y en ese instante comienza la dura tarea de
convencer a sus compañeros de infortunio de la urgencia de su liberación.
Ríos de tinta han comentado y explicado tanto la alegoría de la
caverna como la grandiosa concepción del Universo en el Timeo y en todos
los tiempos la luz, como símbolo de la verdad ha sido una constante universal
que alcanza su más sublime expresión en las sobrecogedoras frases que Juan (8,
12) pone en boca del Señor: ‘Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no
caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida’. Y que enfatiza Pablo
en su carta a los Efesios (Ephesios 5, 9) : “El fruto de la luz consiste en toda
bondad, justicia y verdad.”
Los grandes pensadores de la civilización occidental con
proverbial sabiduría han proclamado el símbolo de la luz como la representación
más excelsa de la divinidad, y así para Agustín de Hipona, Dios es una luz
incorpórea infinita; o como un recurso para entender la realidad y por ello
Hegel explica la dialéctica del mundo en la lucha del reino de la luz contra el
reino de las tinieblas. Pero Kant entra en mayores precisiones cuando define el
siglo de las luces, el de la ilustración, su propio tiempo (el aufklärung) como
la ‘posibilidad de hacer uso de las propias capacidades racionales y que de
éstas broten otras como por ejemplo la necesidad de la educación para hacer más
potentes las capacidades racionales’.
Bajo estos signos, y dentro de esta inspiración nacieron las
Universidades. Nacieron, repito, como instituciones para difundir luz con el
signo de la Universalidad; con apertura y tolerancia a todas las formas del
pensar, como modelos de convivencia civilizada; con la obstinada tarea de buscar
la verdad, esa insondable aletheia, ese eterno espejismo que
incansablemente perseguimos. Nuestra Universidad Central republicana nació
también con el sueño de ser una institución para difundir las luces de la
virtud, la sabiduría, las artes y las ciencias. Así la concibió el Libertador en
su decreto de 1827 y también su primer Rector republicano el Dr. José Vargas. Y
de esa línea no se ha separado ni un momento. Para seguir la milenaria
tradición, se esculpió en su escudo y en su sello una lámpara votiva que
simbólicamente señalara y recordara siempre su primordial razón de ser: difundir
las luces y vencer las sombras. Tampoco faltó, y como una proclama solemne, en
la letra de su himno, escrita por nuestro admirado poeta Luis Pastori: ‘es la
casa que vence las sombras’. Porque eso ha sido nuestra Universidad Central: una
institución que irradia luz con generosa y noble presencia en la vida nacional;
en sus casi tres siglos de existencia y cuantas veces ha sido necesario, ha
estado firme en la defensa de la libertad y de la dignidad nacional. Presente
estuvo en 1814 en la batalla de La Victoria, implacable, y siempre vencedora,
frente a todas las tiranías y dictaduras que poblaron y hollaron las páginas de
nuestra accidentada historia en los siglos XIX y XX y ahora mismo, como siempre,
muy presente en este siglo XXI, preparada con su gran reserva moral y
espiritual, erguida como una fortaleza, unida toda, al lado de su muy magnífica
y valientísima rectora Cecilia García-Arocha y su equipo rectoral, para
enfrentar las tenebrosas e insolentes sombras que se asoman y amenazan con
destruir los principios esenciales de nuestro estado, que, como lo
soñaron nuestros libertadores, ha de ser para siempre republicano y democrático,
en el cual la dignidad y la libertad ciudadana es su piedra
fundamental.
Sres.
Este premio Alma Mater lo recibo con humildad, con gratitud y
también con mucho orgullo, orgullo ucevista muy auténtico, porque desde mi
egreso de esta casa el 31 de julio de 1950, hace ya bastante más de medio siglo,
compartiendo experiencias con ilustres maestros, compañeros y discípulos de
muchas generaciones, no he dejado un solo instante de rondar por sus senderos,
de celar su destino, de amar su nobleza y de sentir el calor fecundo de sus
fuegos sacrosantos.
Sres.